Salmo 122

6 Digan ustedes de corazón: “Que haya paz en ti, Jerusalén; que vivan tranquilos los que te aman. 7 Que haya paz en tus murallas; que haya seguridad en tus palacios.” 8 Y ahora, por mis hermanos y amigos diré: “Que haya paz en ti. 9 Por el templo del Señor nuestro Dios, procuraré tu bien.”


LA DOCTRINA DE LA DEIDAD DE CRISTO

Ha sido y sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la Iglesia Cristiana. Esta doctrina ha sido creída por la mayoría de los cristianos a lo largo de los siglos por considerarla como una enseñanza de profunda raigambre bíblica e indiscutiblemente apostólica. En varios concilios eclesiásticos de la antigüedad se discutió tanto el tema de la deidad como el de la humanidad de nuestro Señor. En cada una de esas ocasiones, el llamado sector ortodoxo de la Iglesia afirmó que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre impecable. Es cierto que algunos grupos han enfatizado la deidad de Cristo a expensas de Su humanidad, mientras que otros han enfatizado la humanidad a expensas de la deidad. Ambos extremos, sin embargo, han sido rotundamente rechazados por teólogos que desean ser fieles a las enseñanzas de la Palabra de Dios. En años recientes, sin embargo, teólogos influyentes, tanto católicos como protestantes, se han pronunciado abiertamente en contra de la doctrina de la deidad de Cristo. A esta postura se la ha llamado «una nueva cristología», «cristología en crisis» o «el debate cristológico contemporáneo». Este debate cristológico ha coincidido con otro debate, el bibliológico. No es esta una extraña coincidencia, sino más bien una secuela lógica. Poner en tela de juicio la autoridad de la Biblia engendra un debilitamiento de las doctrinas que de ésta se derivan. Una dilución de la bibliología casi siempre ha dado como resultado una cristología débil. Ante esta situación se hace necesario enfocar de nuevo el tema de la Persona de Cristo. Hoy, como en los días del ministerio terrenal de Jesús, la pregunta: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? tiene una vigencia indiscutible. Hombres ocupados en todas las ramas del saber (teólogos, historiado‐res, sociólogos, filósofos, literatos,políticos, etc.) han dicho y escrito muchas cosas tocante a Cristo. Sin restar importancia a lo que los hombres han dicho y siguen diciendo, lo más importante en el estudio de la cristología continúa siendo el testimonio de la Palabra de Dios. De ahí que este trabajo, sin restar importancia a las obras producidas por eruditos en la materia, dé prioridad a la exégesis bíblica.
Las Escrituras dan testimonio de Cristo (Jn. 5:39)
Escudriñarlas, por lo tanto, debe de ser la tarea primordial de todo aquel que desea saber a cabalidad quién es Jesucristo. Es, pues, el propósito de este trabajo investigar lo que la Biblia dice tocante a Cristo y en la base de dicha investigación establecer algunas dife‐rencias entre la llamada «nueva cristología» y la cristología de las Escrituras. El móvil primordial de esta tarea es glorificar a Dios mediante una exposición fiel de la Palabra de Dios. Sobra decir que debido a la limitación de espacio, este trabajo dejará grandes lagunas sin explorar e interrogantes sin contestar. Se espera, sin embargo, que otros estudiosos de la teología bíblica investiguen y profundicen este tema. La iglesia cristiana necesita el aporte de exegetas y expositores de las Escrituras que con toda seriedad y fidelidad den a conocer al pueblo de Dios las verdades de la Biblia.
El reto que confronta el estudiante de la Biblia hoy es al mismo tiempo formidable y multiforme. Por un lado está el humanismo con sus postulados de que el hombre es intrínsecamente bueno y capaz de auto‐perfeccionarse mediante el uso de su inteligencia y experiencia. El humanismo se ha convertido en una religión cuyo centro es el hombre y las necesidades humanas. Dios no cuenta en las lucubraciones del humanismo. Por otro lado está el naturalismo, estrechamente asociado con el humanismo pero con diferentes proyecciones. El naturalismo rechaza toda explicación sobrenatural de la realidad. Sólo acepta como verdad lo que se puede probar científicamente. La única realidad que existe es este mundo del cual formamos parte y que no depende de ningún ser sobrenatural para su subsistencia. Otro reto para el estudioso de las Escrituras, particularmente en el siglo xx, ha sido el existencialismo. Este movimiento filosófico surgió poco después de la primera guerra mundial (aunque sus raíces preceden dicho evento) como una reacción o rebelión en contra de la apatía de los intelectuales, los gobiernos, las universidades, la religión y otras instituciones frente a los problemas de la sociedad. El existencialismo pretende llegar a conocer al ser humano y su condición, separando al individuo de la multitud. La persona se convierte en una especie de eje alrededor del cual gira la verdad, pero la verdad es algo existencial, es decir que, para conocerla, el hombre tiene que ser actor y no espectador de ella. Una de las características del existencialismo es su subjetivismo y la negación de una revelación proposicional. Mucho podría decirse del desafío del racionalismo, el materialismo, el universalismo y otras corrientes, tanto filosóficas como teológicas, que tratan de socavar los fundamentos de la fe cristiana. Incumbe al estudioso de las Escrituras, al pastor, al evangelista, al teólogo, permanecer firme frente al reto de los que se oponen a la verdad bíblica, pero al mismo tiempo estar bien informado y dispuesto a exponer dicha verdad.

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Att. Pr. Ramiro